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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Diario de un cabrón nazi

Siete de la mañana
su despertador suena,
se levanta de la cama;
rapada está su cabeza.

Se enfunda sus botas
color fuerte negras,
también su chándal;
ya huele a tormenta.

Camina por el pasillo
hacia el cuarto de baño
pues antes de actuar,
necesita lavarse las manos.

Se pasa por la cocina,
necesita un arma,
el habla no le sirve ;
ni para cubrirle las espaldas.

Un palo de madera
para la ocasión ha sido elegido,
lo arrastra sólo;
pues solo va por el pasillo.

Sale a la calle
y el cielo está negro,
no alcanza a pegarle;
se siente pequeño.

Se mete en su coche,
¡cómo no, un coche negro!
parece una caja,
la caja de un muerto.

No se anda con rodeos,
el descerebrado va directo,
se mete en una cancha,
donde negros juegan a baloncesto.

Lleva el palo,
cogido con fuerza,
el puño americano
adornando su muñeca.

Los chicos lo veían,
huían despavoridos,
corrían todos;
corrían como poseídos.

Uno tropieza
llora desconsolado,
la muerte le acecha;
el otro adelanta pasos.

El niño llora,
mientras le golpea con el palo,
vaya un hijo de puta,
vaya un descerebrado.

Pobre niño
pobre muchacho,
la policía corre
tras el cabrón rapado.

Ya está al fin,
lo han atrapado,
aunque debería estar muerto;
y no encerrado.

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